Especiales

Isaías Sigoña

EDITORIAL ICONICA | 4 febrero

Isaías Sigoña no solo fotografía bodas: las traduce a recuerdos que se vuelven parte de la casa y de la historia familiar. Con una mirada sensible, dirección ligera y una atención apasionada a los detalles, ha acompañado a parejas en uno de los días más importantes de su vida. En esta conversación, habla de emoción, confianza y de lo que realmente queda cuando la fiesta termina.

Cuando piensas en una boda… ¿Qué tiene más peso para ti: la estética o lo emocional?
Lo emocional, siempre. La boda puede verse espectacular, sí… pero lo que realmente se queda es lo que se sintió. A mí me importa que, cuando vuelvan a abrir su galería, no solo digan “qué bonito”, sino “aquí sentí magia”, “aquí mi mamá se soltó a llorar”, “aquí respiré y dije: ya”. Eso es lo que vuelve una foto invaluable. A partir de ahí viene todo lo demás: cómo lo cuento, cómo lo hago ver bonito y cómo lo vuelvo una historia que ellos puedan revivir en fotos muchos años después.

¿Qué significa para ti que una pareja te confíe su boda?
Es un honor enorme, y una gran responsabilidad. Porque sé que hay fotos que, con los años, se vuelven más valiosas: esa mirada, el tío bailador que animó la fiesta, el abrazo de alguien que estuvo en ese día y ahora nos cuida desde el cielo. Por eso cuido mucho el respeto con el que fotografío: sin invadir, sin forzar, y con el compromiso de contar su historia. Además de respaldar todo el material y fotos de ese gran día.

Hoy las novias ven miles de referencias en redes. ¿Qué crees que realmente importa al momento de elegir a su fotógrafo?
Que se vean a sí mismas en esas fotos… y que sientan paz. Porque el fotógrafo es alguien que te acompaña muy de cerca ese día tan especial. El estilo importa, claro, pero más importa la confianza: sentir que esa persona va a cuidar tu historia, tu tiempo, tus nervios y tu manera de ser. Lo demás, muchas veces, es ruido: tendencias que no necesariamente hablan de ti.

¿Cómo haces para que una pareja se sienta cómoda contigo desde el inicio?
Primero escucho. Me gusta entenderlos: cómo son, qué les emociona, qué les da pena, qué no quieren repetir porque “se siente demasiado posado”. Y luego soy muy claro con el proceso: les explico qué va a pasar, cómo trabajamos, qué tiempos cuidamos. Cuando unos novios entienden el “cómo”, se relajan… y cuando se relajan, sale lo más bonito: lo real, auténtico.

Si una novia solo pudiera hacerle UNA pregunta a su fotógrafo antes de contratarlo, ¿cuál debería ser?”
“¿Cómo vas a cuidarme el día de la boda?” Porque no es solo tomar fotos: es anticipar y adaptarse a tiempos, luz, nervios, familia, clima, atrasos… y que tú te sientas tranquila. Yo trabajo con un plan claro, pero flexible, y guío sin estorbar. Si una novia se siente acompañada, todo fluye.

¿Qué momentos no pueden faltar en una cobertura… y cuáles son esos “pequeños” que te encanta capturar?
Los grandes tienen que estar: la entrada, los votos, ceremonia, el abrazo con la familia, el primer vals de esposos. Ese es el corazón del día. Pero los pequeños… esos son oro. La mano apretada antes de entrar, una lágrima escondida, la amiga acomodando el velo en el arreglo, la mirada que se dan cuando el mundo se calla un segundo. Son instantes que quizá en el momento pasan volando, pero en foto se quedan para siempre.

Si te encuentras con esa novia en 10 años… ¿qué te gustaría que te dijera al ver sus fotos?
“Cada vez que vemos nuestras fotos, no solo nos acordamos de cómo se veía, sino de cómo se sentía estar ahí.” Que me cuente que sus hijos ya ubican esas fotos en la sala, que quienes ya no están siguen apareciendo en el álbum, que hubo risas, lágrimas y momentos que quizá en el estrés del día no alcanzaron a vivir al cien, pero aún los descubren en una imagen.

Si diez años después siguen encontrando detalles nuevos en esas fotos y se siguen emocionando, entonces sabré que hice bien mi trabajo.

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