Perfiles

Miss Akuis Santiesteban

EDITORIAL ICONICA | 11 agosto

Hay nombres que, al pronunciarse en los pasillos de un Colegio, evocan un
profundo sentimiento de hogar. Para generaciones enteras en Durango, Miss Akui
es exactamente eso: el abrazo cálido en la puerta, la mirada comprensiva en los
momentos difíciles y la guía firme que acompañó sus primeros pasos en el mundo
de las letras y los números. Tras una trayectoria ejemplar de 33 años de servicio
entregados con pasión, la entrañable ex-coordinadora de preescolar del American
School of Durango nos platica sobre su legado, las complejidades de educar y su
amor incondicional por la familia.

Miss Akui, empecemos por el principio de este nuevo capítulo: ¿cómo se siente despertar sabiendo que ya no debe ir por la mañana a American School of Durango?
Ahorita siento que estoy de vacaciones. Creo que la verdadera realidad me va a llegar cuando sea hora de que comiencen las clases y yo ya no esté físicamente ahí.

Si tuviéramos que resumir todos sus años en el American School en una frase, ¿cuál sería?
Felicidad y agradecimiento absoluto por cada niño que tuve la oportunidad de conocer.

Para quienes crecieron viéndola en los pasillos del AmericanSchool of Durango, usted es una institución. Pero, ¿quién es Akui cuando se quita el “Miss” de encima?
Creo que sigo siendo la “Miss”, nunca me pude quitar ese papel por completo. Cuando una pasa tantos años dedicada a la enseñanza, la vocación deja de ser solo un trabajo y se convierte en parte de quien eres. Ese ‘chip’ simplemente no se apaga cuando cruzas la puerta del colegio o cuando dejas el aula; se queda contigo en la forma de ver la vida, en cómo te relacionas con la gente y en el cariño que guardas por cada alumno. Al menos en mi caso, jamás intenté quitármelo.

¿Qué es lo que más va a extrañar del bullicio diario de American School of Durango?
A los niños, sin duda. Y claro, a mis compañeras de trabajo, a las maestras. Esa convivencia diaria y el estar siempre planeando qué hacer para mejorar. De los niños voy a extrañar su cariño tan transparente. Mi oficina tenía ventanales muy grandes y siempre pasaban saludándome o tirándome besos. Si estaba en la puerta de entrada, era recibir el abrazo y el apapacho constante. Ese amor puro que ellos me daban, y que yo solo buscaba devolverles. Para mí no fue un trabajo, fue un gozo diario. Coordinar un preescolar bilingüe y con un estándar como el de American School of Durango es un arte.

¿Cuál diría que fue su “fórmula secreta” para liderar con tanta empatía y firmeza a la vez?
La empatía y el respeto, no hay más. Empecé como asistente, después fui maestra y finalmente coordinadora; así que conozco de primera mano los retos y las necesidades de cada puesto. Siempre procure que mi equipo tuviera la confianza de acercarse a mí y expresar tanto sus inquietudes como sus desacuerdos. Creo que las críticas constructivas son indispensables para seguir creciendo. Si solo escuchamos lo que queremos oír, dejamos de mejorar. Siempre estuve dispuesta a reconocer mis errores, aprender de ellos y corregirlos, porque nadie deja de aprender.

La educación ha cambiado muchísimo en los últimos años. ¿Cuál considera que fue el reto más grande que le tocó sortear como coordinadora?
Por un lado, el exceso de papeleo y trabajo de escritorio que a veces frena la labor humana. A mí me frustraba que me pidieran cosas improvisadas, así que decidí siempre ir un paso adelante. Por ejemplo, en preescolar evaluamos con narrativas, no con números. Yo leía detenidamente la narrativa de cada maestro para cada niño. Me importaba muchísimo estar enterada de la realidad de cada uno.

La relación con los papás siempre es intensa y crucial. ¿Cuál es la clave para hacer equipo con las familias en la educación de los niños?
Para formar un buen equipo con las familias, la clave es la claridad expresada con mucha calidez. Acompañar a seres humanos en formación requiere que seamos muy honestos sobre sus avances y sus retos. Decir las cosas con tacto y con el corazón en la mano nos permite alinearnos en beneficio del niño. Un colegio es, ante todo, un espacio formativo y humano; por eso, el compromiso de un educador debe ser velar siempre por lo que el alumno necesita para su desarrollo. Aunque a veces implique tener conversaciones complejas, cuando se habla desde la ética y la genuina preocupación por el estudiante, las familias terminan valorando esa lealtad hacia la educación de sus hijos. Detrás de una carrera tan demandante, siempre hay un gran equipo en casa.

¿Qué papel jugó su familia en esta trayectoria?
En mi despedida del colegio, mi hijo dio un discurso hermoso y dijo que ahora entendía mi labor no eran las paredes del colegio, sino los niños. Mi mama y mi esposo fueron pilares enormes, al igual que Socorro ¨la Comadre¨, quien me ayudo en el hogar durante 32 años y prácticamente fue la segunda mamá de la casa, Sabemos que usted decidió estudiar su carrera profesional ya siendo maestra en grupo.. .

¿Cómo fue ese proceso?
¡Fue una locura! Cuando el colegio comenzó el proceso de certificación internacional, uno de los evaluadores me mandó llamar y me dijo que quería que yo fuera la coordinadora. Le respondí que yo era maestra nata pero que no tenía el título universitario. Su respuesta fue directa: “Pues la vas a estudiar”. Hicimos un grupo de maestras y cuatro de nosotras terminamos la licenciatura en el Colegio España. Era pesadísimo: salir de trabajar, correr a comer, cambiarme e irme a la universidad para salir a las nueve de la noche a hacer súper y atender el hogar. A los seis meses de terminar, decidimos hacer la maestría en el colegio Angloespañol. Recuerdo tomar clases en julio y agosto soplándome con un abanico por el calor, pero tan endiosada con las cátedras de los maestros que no quería que llegara la hora de salida.

La jubilación no es un final, es un rediseño de vida. ¿Qué proyectos, pasatiempos o viajes que había dejado “en pausa” están ahora en el primer lugar de su lista de pendientes?
¡Disfrutar de la naturaleza! A mí me encanta el campo; la sierra de Durango es mi lugar ideal. Tenemos una cabaña allá y desde hace más 13 años inicié un proyecto con gallinas ponedoras. Todo inicio por la idea de que mi primer nieto comiera de manera saludable. El proyecto creció y vendemos huevos de rancho desde entonces. Mi marido —que es médico veterinario — era el que se encargaba del día a día, pero ahora yo me meteré de lleno.
También criamos conejos y pollos de engorda para consumo de la familia. Me verás a mí dándole las gracias al pollo antes de prepararlo, limpiándolo y empacándolo al vacío para repartir a las casas de mis hijos. Me entusiasma tener el tiempo para acompañar a mi esposo a repartir los pedidos de huevo y disfrutar de la sierra sin prisas.

¿Y qué hay de esos pequeños sueños personales cotidianos?
¡No poner un despertador! El no tener prisa. Antes, los lunes comenzaban a las 5:00 a.m. para arreglarse y llegar al colegio a tiempo. Ahora quiero disfrutar de cosas tan simples como recoger a mis nietos a la salida del colegio, comer temprano con ellos y poder hacer el ejercicio de forma tranquila. Quiero redescubrir mi ciudad y vivir esa faceta de persona normal, porque durante años, debido a mis horarios, casi no tuve oportunidad de recorrerla y disfrutar mi día.

Si pudiera organizar el día familiar perfecto ahora que tiene más flexibilidad en su agenda, ¿cómo sería y en dónde lo disfrutarían?

En la sierra, definitivamente. Cuando van todos mis hijos y mis cinco nietos, la cabaña se llena por completo. Los niños hacen un tiradero, brincan, bailan, hacen videos, juegan con los perros y se mojan. Al final del día, cuando se van, mi esposo y yo volteamos a ver el desastre y decimos sonriendo: “¡Qué padre que vinieron!”. Me encanta hacerles galletas. A mis nietos les preparo la masa y nos ponemos a hornear juntos. Tengo cinco nietos maravillosos: Ernesto (de 17), Valentina (de 7), Roberto (de 7), Sebastián (de 3) y Franco (de 2).

Para cerrar, si pudiera dejarle un mensaje final a toda la comunidad del American School de Durango y a las generaciones que la recuerdan con tanto amor, ¿cuál sería?
Siempre les decía a los alumnos en sus graduaciones: “Quiéranse, respétense y cuídense, porque van a ser hermanos de vida”. Me llena de orgullo ver que muchas generaciones de exalumnos del americano se siguen juntando de adultos, ya casados, porque crearon lazos inquebrantables. Ese es el amor que me llevo y el que espero haber dejado grabado en cada uno de sus corazones.

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